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La tempestad y el leviatán

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Antes de empezar, hay algo que decir. Si estuvieron prestando atención, seguramente habrán visto cómo distintos personajes, de todas las ideologías posibles, salieron a proclamar orgullosos: “miren cómo la historia nos da la razón!” “Ahora con el coronavirus al fin van a entender que la única salvación posible es con [inserte la institución fetichizada aquí]”.

Probablemente esta nota peque un poco de lo mismo, si no por las predicciones políticas, quizás sí por la narrativa y la estética. Tampoco es tan grave. Si ante cada hecho hubiera que reconstruir de cero nuestros paradigmas nunca podríamos avanzar en nada, y hoy en día es más necesario que nunca. Teniendo en cuenta la posibilidad de caer en ese auto-reflejo político, arrancamos.


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Nuestra civilización urbana y cosmopolita no tiene un lugar para el virus. No entra en ninguna parte de la narrativa general. Los virus son un problema de la pobreza, de los que están “allá lejos”. Como todo fenómeno de la naturaleza viva, está domesticado; el ser humano está muy cómodo ahí en la punta de la cadena alimentaria. Jamás podría pensarse como un evento en sí mismo. La última vez que afectó algo fue la gripe porcina: usamos un poco de alcohol en gel (un par de empresas ganaron muchísima plata), se suspendieron las clases un tiempo y no pasó nada.

En estos días, todas las capitales de Occidente están en estado de sitio. En España por el virus mueren más de 800 personas por día (la mortalidad general diaria era de 1200 aproximadamente, es decir, un 60% de incremento por solo esta causa). Nueva York está en un estado de emergencia como no había estado desde el 9/11, con más de 100.000 infectados.

En otra era esto hubiera tenido una interpretación obvia: castigo divino. El impacto social de las grandes plagas de la antigüedad está muy estudiado y no es aquí el lugar para hablar de ello. Ahora que ¿somos? sociedades modernas y racionales debemos responder con un discurso distinto, científico, político. Pero lo más importante es que no se puede reaccionar de forma normal a este fenómeno, no se puede naturalizar: hay que ocuparse.

Hay algo inaceptable en la idea de que esto es parte del orden natural. En un mundo civilizado esto no debería pasar, ¿no? Esta repulsión a la sola idea de que nuestro sistema simplemente no es todopoderoso. Que la máscara de invencibilidad se caiga tan fácil molesta.

Es notable que el bloque liberal-conservador atlántico haya respondido (al principio) con un simple “muchos van a morir, qué le vamos a hacer, no pasa nada”. Hay algo no de este tiempo en ese discurso: es lo que diría un gobernante de otro siglo. “Todo bien, todo legal, así funciona el mundo”. Al final ellos tienen mucha más cercanía con el orden de la naturaleza que otros que la defienden mucho más, pero más lejos de los valores de la civilización de la que se declaran punta de lanza.

Después de algunas semanas de distracción, nuestros gobiernos reaccionan ante este fenómeno abordandolo como una crisis sin precedentes. Las estructuras politicas y economicas tiemblan ante las posibilidades que se contemplan. Incluso los gobiernos más duros dan el brazo a torcer y empiezan con las medidas más duras. Solo Brasil resiste en una línea purista, con no pocos costos internos.

En la retórica, es un problema que viene desde afuera. Se trata como si fuera exopolitica. Se llama así a la (posible) diplomacia de la humanidad con seres extraterrestres: geopolítica pero “para afuera”. Esta Pandemia es una intrusión externa, un ataque, un enemigo invisible que pone a prueba nuestras instituciones. Una invasión alienígena para la cual nunca se puede estar preparado. Tampoco es un desastre natural, que sucede y ya, puesto que requiere una acción constante y prolongada en el tiempo. Requiere que todos los ciudadanos se pongan el uniforme de combate y cumplan su parte.

Requiere héroes.

Una de las grandes críticas a las películas de invasiones extraterrestres de Hollywood como The Independence Day es que siempre son los yankis los que destruyen a la nave madre. De misma forma, los chinos tienen su “Fortaleza Shanghai” (está en Netflix) donde ellos derrotaron la invasión. Y nosotros, con menos presupuesto y optimismo en nuestra capacidad de combate, tenemos al Eternauta.


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En esta invasión se repite esta “perspectiva nacional”. No hay un sólo discurso común a nivel global que explique lo que pasa. El Papa Francisco anunciando que “nadie se salva solo” pareció serlo, pero hace demasiado tiempo que la Iglesia católica renunció a la conducción de los asuntos políticos del mundo: “a Di’s lo que es de Di’s y al César lo que es del César”

Otro discurso “universal” que se mantiene a flote es el científico. La enorme mayoría de los gobiernos terminó aceptando el discurso de “aplanamiento de la curva” con más o menos reticencia. La voz de los expertos es tenida en cuenta en general. El rol de la Organización Mundial de la Salud es más bien complejo: no conduce el proceso de lucha contra la pandemia, pero sí aparece como una referencia importante que es tenida en cuenta.

También podemos ver como el Covid-19 tiene tasas de mortalidad extremadamente divergentes, incluso en países de estructura similar. Una de las explicaciones para este fenómeno es que no hay un criterio único de la forma de medición de casos y fallecidos ni del abordaje integral de la pandemia. El desorden mundial tiene consecuencias.

La narrativa que sí retrocede en esta crisis es la que fue hegemónica en las últimas décadas: la de la globalización liberal. El Covid-19 se carga uno de sus grandes pilares, que es el libre de movimiento entre países, ya que aún no se sabe cuánto tardará en recomponerse. Si un país logra detener la enfermedad en su territorio y vuelve a la normalidad, ¿se puede arriesgar a que entre un infectado extranjero y los contagios se disparen? No, bajo ningún punto de vista. La consecuencia lógica de esta es que la protección de las fronteras va a intensificarse, para alegría de toda la retórica anti-inmigratoria.

La máxima expresión de esta línea liberal-abierta es la Unión Europea (y su zona Schengen). La UE es probablemente el bloque político que peor parado está saliendo. En primer lugar, las tensiones entre Norte y Sur están llegando a niveles demasiado altos. La negativa de Alemania (del BCE, pero a esta altura prácticamente son lo mismo) a dar los Corona-Bonos a los países más afectados fue visto casi como una traición. Si en un momento de emergencia no se puede contar con la solidaridad europea, ¿de qué sirve? La política detesta el vacío y otras fuerzas se apresuran a llenar ese espacio.

La imagen del ejército ruso recorriendo las rutas de Italia llevando ayuda humanitaria es histórica. China respondiendo al pedido de ayuda de países periféricos de Europa como Serbia también es una señal importante. El español Josep Borrell, un alto cargo del gobierno europeo, señaló las segundas intenciones de la “diplomacia de la solidaridad” de las empresas chinas. En respuesta Huawei dejó correr el rumor de que por esas acusaciones dejarían de enviar apoyo sanitario (aunque luego se negó). Inmediatamente “Josep Borrell” se convirtió en trending topic en Twitter. Las guerras de propaganda no paran con la pandemia.

Me permito sugerir que ahora que los propios europeos liberales admiten la existencia de estos juegos de la diplomacia del buenismo (aunque solo porque quedaron del otro lado del mostrador), no se siga tratando de conspiranoicos acá a los que señalan lo mismo en las acciones de embajadas, empresas y fundaciones.

Es realmente trágico ver a los países compitiendo entre ellos por cargamentos de barbijos y tests. Hay varias grandes historias que muestran este desorden masivo, como representantes de países comprando cargamentos de productos médicos en las pistas de aeropuertos con los aviones a punto de despegar o servicios de inteligencia trayendo a su país cientos de miles de barbijos en secreto.

El choque retórico principal es el que se da entre China y Estados Unidos, al calor de la gran disputa internacional por la hegemonía. La retórica americana es simple y dura: virus chino, China mintió, China tiene la culpa. Todo esto sin haber entrado en el pico de la curva y sin una voluntad de conducir al mundo con un discurso único.

El Partido Comunista de China (PCCh) en cambio tiene una de cal y una de arena: tienen una responsabilidad a nivel internacional que cumplir respecto a la crisis. Pero también es cierto que contuvo ejecutivamente la crisis de forma ejemplar, siendo los primeros en sufrirla. La crisis del SARS enseñó mucho. La fortaleza del sistema político chino se lució con la férrea cuarentena de más de dos meses que mantuvieron en Hubei y el bloqueo total de la provincia. Sobre los detalles desde adentro recomiendo el canal de youtube “Jabiertzo”.

Vemos como se acaba de firmar un comunicado por más de 230 partidos de 100 países conducido por el PCCh. En Argentina lo firmó el Partido Justicialista, pero también la UCR, el PRO, el PC y el PSOL. La idea central del comunicado es un calco de la línea ideológica del PCCh para el mundo. Combate contra el Covid 19, priorización de “la vida y la salud de los pueblos”, apostando a la regeneración del orden internacional, pero con la adhesión de las ideas de “Comunidad de Destino” y “Gobernanza Internacional”. Detrás de la burocracia, del sistema de mercado y de la gran barrera idiomática, el PC más grande del mundo está diciendo cosas importantes. Por mucho tiempo los ignoramos, pero ya llega la hora de empezar a entenderlos. Si no lo hacemos, ni siquiera vamos a poder oponernos a su avance.

Tampoco hay que dar por derrotado a Estados Unidos ni mucho menos. Si bien la tendencia de “declive controlado” continúa, la regeneración del Make America Great Again da sus frutos y su influencia en occidente sigue potente.


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En general vemos que lo que se está poniendo en el centro de la escena es la acción del Estado Nacional. Ese es el ordenador de la situación y nadie más. Las crisis son siempre oportunidades para los gobernantes, si tienen la habilidad para aprovecharlas. Especialmente si aún deben terminar de fortalecer su legitimidad o su poder.

Incluso los gobiernos que siempre reivindican los derechos civiles, generalmente progresistas, pueden mostrar el brazo fuerte del Soberano, sacar las tropas a la calle e imponer orden vertical. No solo no trae costos sino que genera el efecto de “rally around the flag”, un boost de popularidad por la unión contra el Enemigo de la Patria. No es casualidad que muchos presidentes hayan tenido un pico de popularidad cuando empezó esta situación. Hay que tener cuidado con cuán pasajero sea ese efecto. En Italia, por ejemplo, ese agotamiento ya se empezó a sentir fuertemente.

En esta activación del Leviatán estatal se generan choques con distintos elementos “internos” (los “externos” serían el propio coronavirus y los otros países/sistema internacional de los que hablamos antes).

La cuestión más obvia es la de las libertades civiles. No hace falta ser demasiado observador para notar que las medidas efectivas contra la epidemia son una más antiliberal y antidemocrática que la otra: reclusión obligatoria, suspensión del derecho a reuniones y manifestaciones, estado de sitio, movilización de las FFAA, testeos compulsivos, rastreo digital de toda la ciudadanía, etcétera, etcétera. Que sean necesarios, estén justificados y probablemente sean aceptados por la mayoría de la población es otro asunto.

En el combate contra el coronavirus en Asia utilizó masivamente los sistemas de seguimiento personalizado de los ciudadanos en base a sus teléfonos celulares. Mediante el control permanente se podía rastrear con quien había estado en contacto o en el mismo lugar cualquier individuo. Si una persona daba positivo en un testeo automáticamente todas las personas con un grado de contacto pasaban a ser “sospechosos”. Con este mecanismo es muy fácil seguir de cerca el avance de la enfermedad y “alcanzarla”. Se nombra mucho a Corea del Sur como un ejemplo a seguir, más que nada por no ser China. Es fácil olvidarse que esas medidas implementadas en un país occidental también serían vistas como algo distópico.

A diferencia de la República Popular China, el control y la censura en las repúblicas occidentales son muy esporádicos y casi invisibles, pero están, y están avanzando. Esta crisis es un gran momento para ejercitar los ojos y resortes de los sistemas de inteligencia. De nuevo, estos sistemas tienen parte en el estado y parte en el sector privado. Las empresas filtran toda la información a los servicios y en algunas ocasiones específicas (5G y Huawei) los servicios “ayudan” a las empresas nacionales entregando información clave.

Un ejemplo de ejercicio de censura light por la crisis es YouTube desmonetizado cualquier video en el que se nombra al coronavirus para combatir la desinformación. ¿Está bien o mal esto? En realidad no importa, son razones de estado y no se discuten. Si no te gusta, andate a otra plataforma.

Proteger el derecho a la privacidad es importantísimo. Sin ese derecho, toda la estantería de los derechos burgueses se desmorona. Permitir que monstruos como Google o Facebook regulen monopolicamente el discurso público es uno de los mayores riesgos del sistema democrático moderno. El otro es que el funcionamiento de los servicios de inteligencia y el control de la data de la ciudadanía sea tan poco transparente.

Este es un punto para ser realistas y estar preocupados. El avance sobre el derecho a la privacidad va a continuar y acelerarse. Principalmente porque no hay ninguna fuerza política real que se oponga a ella hoy en día, pero también porque las ventajas de conocer los movimientos e interacciones de la población son enormes. Permite a los gobiernos responder a las crisis de formas creativas, eficientes y eficaces. Muchas veces son la única forma de tener información clave que salva vidas.

Siendo honestos, la única vía que se ve posible es aceptar la existencia del control pero mantenerlo controlado y regularlo de forma legal y abierta. Ni podemos aceptar el modelo chino ni desmantelar el aparato informático de inteligencia. Proteger la tradición republicana es buscar algún lugar entre ambos extremos.


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En materia económica las consecuencias de la crisis son más claras. Se interviene de forma potente sobre el mercado y las empresas, sea con subsidios, órdenes de reconversión o directamente nacionalizaciones. Está claro que el Estado Interventor como concepto sale fortalecido. Las alternativas anti-estatistas no tienen mucho arsenal teórico para oponerse. Anarquistas y comunistas piden una u otra medida al estado (lloran Marx y Bakunin). Los libertarios quedan barridos del mapa prácticamente.

Algunas instituciones que estaban bajo ataque, como la sanidad pública y las leyes de intervención económica saldrán enormemente fortalecidas. En EEUU el gobierno de Trump acaba de firmar una serie de decretos en la cual se garantiza la atención médica por Coronavirus aunque no se tenga seguro médico. De esta forma el Partido Republicano se ubicó a la izquierda de la línea del establishment demócrata, que rechaza esta clase de posturas en su interna con Bernie Sanders

Pero no hay que confundir esto con un debilitamiento del mercado en sí. Los países que tienen un mejor sistema productivo pueden responder mejor ante la crisis. EEUU puede reconvertir sus industrias a producción de respiradores y barbijos muy fácilmente, los países con sector productivo débil no. Y la verdad, por mucho deseo que haya, no parece haber ninguna perspectiva real que tenga alguna superación al sistema económico de mercado para incentivar la producción. El marxismo viene planteando el agotamiento del desarrollo de las fuerzas productivas del capitalismo y la próxima catástrofe hace demasiadas décadas como para teorizar gratuitamente.

En cambio en la síntesis entre ambas super-instituciones que parecen estar las mejores respuestas a la crisis. Un mercado que funcione con una vigilancia del estado que intervenga en la protección de los intereses estratégicos, sea con leyes de reorientación de la producción, con ruptura de monopolios, nacionalizaciones o empresas estatales. El empresariado suele ser solidario cuando le conviene, pero más cuando lo controlan. No hay que “juzgarlos” por eso, ese es su rol en la sociedad, simplemente hay que conducirlos. En resumen, con el mercado solo no alcanza para nada, pero sin el no se llega a ningún lado. Y esto no es un invento peronista, lo hace Estados Unidos, Alemania y la República Popular China.


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Como ya estamos viendo en nuestro país, congelar la economía no es gratis. La cuarentena tiene el efecto de un paro total o lock out pero desde fuera de la relación productiva. Esto tiene un efecto durísimo sobre la población más vulnerable, que vive con el salario del día. En Estados Unidos se produjeron más de 10 millones de despidos. Si se extiende varias semanas va a empezar a crujir el tejido productivo. Esto hace mella en la solidez del andamiaje de cualquier régimen si no se logra administrar bien. Ya se empieza a ver en Italia serios peligros de conflictos sociales con algún intento esporádico de saqueo. No va a haber que esperar mucho para ver esto en países del tercer mundo. Los cálculos estimados de las pérdidas totales económicas que ya causó la pandemia son terroríficos.

Un fenómeno interesante son una serie de pequeñas huelgas obreras aisladas en Estados Unidos reclamando mejores condiciones de sanidad para los trabajos indispensables e incluso, pidiendo la reconversión de sectores de la industria para la producción de respiradores. Uno de los riesgos (que sospecho que los gobiernos deben haber tenido en cuenta) de no declarar la cuarentena por motu propio es que la cuarentena se imponga con un paro general o una gran cadena de pequeños paros.

En los casos en los que los estados nacionales no logran ocupar la totalidad de la iniciativa política comienzan a catalizar los distintos conflictos internos subyacentes.

Un patrón que se repite es el choque entre las distintas provincias o estados de un mismo país entre ellas o con el gobierno nacional. En China se purgó a la conducción política de Wuhan por el ocultamiento de los primeros indicios de la pandemia y la lentitud en declarar la cuarentena local. También se vieron en China imagenes de conflictos “fronterizos” entre la policía y población de Hubei y de la provincia vecina de Jiangxi por miedo al contagio. En EEUU los estados combaten entre sí por los recursos sanitarios. En Brasil se llegó a un extremo en el que el Consorcio del Norte, una liga de gobernadores se comunicó directamente con el embajador chino para solicitar asistencia sanitaria puenteando al ejecutivo nacional y en los últimos días, fuertes rumores de movimientos militares para “controlar” a Bolsonaro.


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Así como no corresponde hablar de una guerra sin tener en cuenta a los caídos, veteranos y sobrevivientes, tampoco se puede ni se debe olvidarse de quienes están sufriendo esto de forma directa. Mas de un millón de infectados, más de 60.000 fallecidos, sus familias y las millones de personas gravemente afectadas por los efectos secundarios. Y la peor parte la epidemia solo pasó en algunos países específicos, en la mayoría recién está empezando.

Dentro de no muchos días va terminar la cuarentena, pero las consecuencias politicas, sociales, economicas y demograficas de la crisis van a seguir estando. Aún está por verse cuántos conflictos más van a catalizar en estas semanas. Probablemente pasen meses hasta que se vuelva a la “normalidad”, e igual habrá impactos permanentes, que aún ignoramos. Es imposible terminar de entender racionalmente un proceso viéndolo desde adentro.

Pero así y todo, no es el fin del mundo, no es un evento de extinción. Va a haber calma después de la tormenta. Y en el futuro vamos a estar más atentos a los peligros externos porque, por primera vez en mucho tiempo, se puso en jaque la red de seguridad humana, todo el tejido protector de la civilización.

Personalmente creo que en un aspecto esta crisis llega en un momento oportuno. Es claro que en este siglo hay un cuello de botella con varias amenazas de gran escala: cambio climático, contaminación, sobrepoblación, aceleración del avance tecnológico, agotamiento de recursos, etc. Esta epidemia puede servir como un memento mori, un recordatorio de los límites de nuestras instituciones y de lo caro que resulta no estar preparado para los grandes desafíos. Pero estos desafíos sólo pueden solucionarse con una respuesta coordinada. Las instituciones globales de “gobierno” parecen tener una tendencia al fracaso. Quizás sea hora de reemplazar las actuales por unas nuevas, que estén al servicio de la comunidad internacional y los intereses estratégicos de toda la humanidad.

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